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Los días azules

Miguel Sánchez Lindo

Curaduría y texto: Elena Rosauro

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Una mesa puesta espera: comida, cubiertos, vajilla, servilletas; una silla invita a sentarse mientras Lupe olisquea lo que está servido. Cerca, la cafetera acompaña a unas tazas humeantes; la tetera está lista para verterse. En el salón, una estantería ordena libros y objetos: jarrones, un barco, un San Miguel, una calavera. Los jarrones pueblan la intimidad doméstica contando escenas mitológicas. En la habitación principal, Lucía y Lupe se desperezan por la mañana. 

De estas escenas íntimas, pausadas, pasamos a otras más rápidas. Dibujos sobre papel que registran la rutina diaria del artista: de casa al estudio caminando con Lupe, de dentro a fuera de la M-30, bordeando el río, cruzando el río, siempre el río. Como toda rutina, las escenas se repiten una y otra vez: mesas, vajillas, Lupe, el río, jarrones, peces, el interior del hogar, las calles de Madrid. Repetición y diferencia. Ir y volver. En ese ritmo insistente se construye un tiempo propio, una cadencia mediante la cual lo cotidiano se vuelve materia de observación y de memoria.

El título de la exposición, tomado de un verso de Machado, alude a la pérdida inexorable de la infancia. Ese eco atraviesa el gesto del artista: trazos en apariencia infantiles recorren todas las obras, junto a la presencia insistente del color azul. Hay en ello una voluntad de experimentar con las infinitas posibilidades de la representación, con materiales, soportes y herramientas diversas, y con el tránsito entre lo bidimensional y lo tridimensional. Cada pieza admite múltiples miradas y perspectivas; ninguna se cierra del todo. Sin embargo, por más que el gesto intente recuperar el imaginario del niño que crea, ese lugar es irrecuperable. La mirada adulta ya no puede habitarlo.

Es precisamente desde esa pérdida de la que surge la necesidad de construir sentido. Lo que nos queda es la memoria, entendida no como un reflejo automático, sino como una elaboración: inventamos historias para comprender la realidad, creamos narrativas para orientarnos en el mundo. El arte, como otras formas simbólicas, produce ficciones que hacen habitable lo incierto. En Los días azules, esas ficciones nacen de lo cotidiano y lo repetido, de escenas domésticas que, al ser observadas una y otra vez, intentan hacer del mundo un lugar menos extraño.

Esta atención insistente a lo doméstico y a la repetición cotidiana sitúa la obra de Miguel Sánchez Lindo en diálogo con una tradición de la pintura moderna y contemporánea que ha encontrado en el espacio íntimo un lugar desde el que pensar la experiencia y oponer resistencia a los grandes relatos. Desde la obra de David Hockney, donde el interior doméstico se convierte en un dispositivo perceptivo atravesado por múltiples puntos de vista y temporalidades, hasta prácticas más recientes que insisten en la rutina, el cuidado y la experiencia mínima, el hogar aparece como un espacio donde el tiempo se desacelera y la mirada se afina. Frente a la épica del progreso, la excepcionalidad y la promesa constante de novedad, estas obras reivindican lo que se repite como un gesto político: sostener la atención en lo ordinario como forma de resistencia frente a la aceleración y la virtualización de la vida.

De nuevo, la búsqueda de un trazo en apariencia infantil se inscribe también en esta lógica, activando una nostalgia consciente de su propio fracaso. En este punto, el pensamiento de Mark Fisher se hace clave: no se trata de recuperar un pasado intacto, sino de habitar sus restos, sus ecos, sus fantasmas. El gesto infantil, insistente y torpe, funciona aquí como una forma de fricción contra la eficiencia, la corrección y la productividad adultas. Un gesto que no promete retorno, pero que se obstina en recordar que otra relación con el tiempo, con el espacio y con el mundo fue —y quizá aún podría ser— imaginable.

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